“El diálogo” es uno de esos conceptos con los que la mayoría de las personas pueden identificarse —tanto las partes como quien concilia el conflicto— y, como tal, se ha vuelto central en el campo de la resolución de conflictos. Considerando sus múltiples connotaciones positivas como vehículo para la construcción de paz, comenzamos este capítulo aclarando el significado básico del concepto dentro de una situación de conflicto. Luego, completamos esta introducción al diálogo con las preguntas fundamentales: ¿qué, cuándo, cómo, quiénes y dónde?

En vez de concentrarnos en el diálogo gubernamental u oficial, nos centraremos en la construcción de paz de la sociedad civil desde los diálogos de segunda vía —“Track Two”— entre personas influyentes hasta los intercambios de persona a persona. Con ejemplos de cinco historias poderosas que dan cuerpo a este capítulo, esta introducción pone el foco en la práctica más que en la teoría. Tras haber vivido gran parte de mi vida en una región marcada por conflictos violentos y haber facilitado procesos de resolución de conflictos en otros territorios, incorporaré mi experiencia personal en varias de las observaciones que siguen. Teniendo en cuenta que los conflictos comunitarios y nacionales son de amplio alcance y diversidad, las generalizaciones que hago deben ser entendidas como una interpretación flexible de diferentes realidades.

En el plano más básico, el Diccionario Oxford define diálogo como “conversación; un escrito en formato conversacional”. De esta definición, vemos que el diálogo no es necesariamente sinónimo de negociación, definida como el proceso en el que “conferimos con otro con la finalidad de llegar a un compromiso o acuerdo”. En nuestro campo de trabajo, los funcionarios suelen considerar el diálogo como un preludio de la negociación gubernamental informal. Sin embargo, a nivel de la sociedad civil, la negociación se percibe meramente como un estado más avanzado del diálogo. En vez de dar por hecho la proximidad de ambos términos, deberíamos aspirar a consolidar el diálogo como una herramienta efectiva en la prevención y manejo de conflictos, con miras a resolver disputas de forma no violenta1.

Sin embargo, valorar el diálogo solamente porque “hablar es mejor que disparar” podría no ser adecuado desde el punto de vista de la víctima. Si la violencia estructural descrita por Johan Galtung (1996) prevalece, la disputa no ha disminuido a través del diálogo, sólo ha entrado en la siguiente fase. Entonces, podría ser más útil analizar el diálogo como una herramienta de resolución de conflictos en términos de costo y beneficio, admitiendo explícitamente sus potenciales desventajas. Ambas partes de un proceso de diálogo podrían experimentar los aspectos negativos del mismo. Generalmente, el rechazo del diálogo proviene del lado más poderoso. Hasta para un agente estatal que tiene en sus manos el poder, la negociación con el enemigo puede ser vista como una señal de debilidad; en ese caso, el Estado podría preferir evitar reconocer la legitimidad de su opositor. Una táctica efectiva que aplica el poderoso es acusar a su oponente de usar el terror, sin conceder que su propia represión es percibida por su opositor como “terrorismo de Estado”. Aunque la reticencia a participar en el diálogo puede provenir de la arrogancia del poder, muchas críticas al diálogo también provienen de la otra parte. A veces, la parte más débil prefiere esperar para iniciar una conversación cuando se encuentra en una posición de mayor fuerza.

Aún más preocupante, la negativa a entrar en un intercambio verbal no viene solamente de aquellos que se niegan a dialogar con su adversario, sino que también de los que han participado previamente en procesos de este tipo, y han salido frustrados y desencantados. Jonathan Kuttab, un prominente abogado palestino de derechos humanos, ha articulado los efectos negativos (Kuttab y Kaufman, 1988: 84-108). Un resumen de la enumeración de dificultades que expone, incluye:

  • La generación de un falso sentido de simetría entre opresor y oprimido, cuando no existe una relación de igualdad real entre las partes; los obstáculos para alcanzar una equidad efectiva incluyen dificultades técnicas para participar —restricciones a la movilidad, condiciones de participación, competencias lingüísticas y servicios de asesoramiento disponibles—, así como las relaciones de poder —capacidad de ejercer presión, uso del lenguaje y clientelismo—2
  • La tendencia a ignorar asuntos centrales del conflicto y, en el esfuerzo por llegar a un acuerdo, evitar abordar los aspectos más controvertidos y serios, o posponerlos indefinidamente.
  • La tendencia a aceptar el statu quo y tomar por sentado la correlación de fuerzas existente, enfocándose más en terminar con la violencia, que en la justicia y las causas estructurales.
  • En nombre del pragmatismo, se insta a las partes que emprenden un diálogo a comprometer principios legítimos y abandonar posturas generalmente mantenidas dentro de su comunidad.
  • Cuando las reuniones incluyen participantes que son cercanos a fuerzas militares o de seguridad, existe el temor de que el diálogo sea usado como una recopilación de información de inteligencia. No hay certeza sobre cuándo la motivación del poderoso es “conocer a su enemigo”, en vez de “entender a su vecino”.
  • El diálogo como un mecanismo para “dividir para dominar”. Como contrapeso a esta táctica, las partes pueden adoptar un acuerdo tácito y presentarse como un frente unido al enfrentar a la otra parte. Las divisiones naturales dentro de cada parte, por tanto, pueden ser ignoradas al enfrentar a un enemigo común, por temor a que su oponente pueda aprovecharse de su desunión.
  • Etiquetar a los participantes de un diálogo como “socios legítimos” y así deslegitimar a quienes no participan. Una táctica que se puede utilizar para evitar enfrentarse con los oponentes más problemáticos es entablar diálogo con algunos de los individuos y organizaciones y dejar a otros de lado.
  • La presión para no dialogar puede provenir de ambos lados. Dentro de la facción propia, la desaprobación de los pares, y en tiempos de crisis, hasta amenazas de violencia física han mantenido alineadas a muchas personas, aunque en realidad tuvieran la intención individualmente de considerar posiciones alternativas, más moderadas y pragmáticas que la posición general del grupo.
  • Los “sospechosos de siempre” pueden monopolizar la participación en el diálogo. Dado que participar puede implicar riesgos, también puede otorgar privilegios, tanto tangibles como simbólicos. La sensación de entablar nuevas amistades en el campo adversario puede convertirse en un fin en sí mismo. Como resultado, la tendencia ha sido hacia la exclusión y poca disposición a compartir accesos o ampliar círculos.
  • Por último, aunque no menos importante, la tendencia a hacer del diálogo un sustituto de la acción para corregir injusticias. El diálogo puede ser visto como un ejercicio académico. Muchas veces, los organizadores ven el diálogo como un fin en sí mismo y se declaran satisfechos, disponiéndose a repetir una y otra vez esta experiencia no concluyente con otros grupos.

En respuesta a Kuttab, yo enfatizo en los elementos positivos del diálogo y su valor, como una estrategia para la paz necesaria, pero no suficiente. Por ejemplo, a través del diálogo se puede validar al “otro”, cuando el reconocimiento ha sido negado y queda reservado como un posible logro de la negociación. Sin embargo, con los años he llegado a coincidir en que la promoción del diálogo en vez de la acción puede ser usada como una excusa para hablar y hablar sin abordar las causas profundas del conflicto. El miedo a normalizar una situación anormal es real. Al mismo tiempo, creo que el diálogo sostenido reduce malentendidos, prejuicios y estereotipos. Por tanto, debemos establecer reglas básicas, para asegurar que hablar no se utilice como una forma de posponer la acción hacia la resolución del conflicto. El diálogo puede representar un avance, pero, si no se traduce en acciones, también corre el riesgo de estancarse.

En resumen, el diálogo debería ser un vehículo, no el destino. Necesitamos entender por qué la idea de que “no tenemos nada que perder” no siempre es compartida por las partes involucradas. Un análisis de costo-beneficio indica que “tenemos mucho que ganar”, siempre que maximicemos la posibilidad de obtener resultados positivos mediante el diálogo y minimicemos sus potenciales consecuencias negativas.

La meta del diálogo debería ser la transformación de participantes en comunidades epistémicas o “de aprendizaje”, en las que ambos lados desarrollan una comprensión compartida de la realidad del otro, y están dispuestos a invertir buena parte de sus vidas en cambiarla. Un ejemplo pionero surgió de la Guerra Fría, cuando científicos de los Estados Unidos y la Unión Soviética lograron desarrollar un compromiso para el “control armamentístico” (Adler y Crawford 1991).

¿Cuándo? Estrategias alternativas para el ciclo del conflicto

A diferencia de los procesos oficiales, el diálogo de la sociedad civil puede dividirse en tres fases: antes, durante y después de las negociaciones de primera vía —“Track One”—. Por otra parte, si lo distinguimos por el nivel del conflicto, podemos enfocarnos en trabajo preventivo, negociaciones “Track Two”, y actividades posconflicto. Como regla general, podemos plantear que el diálogo de la sociedad civil es relevante siempre y cuando se mantenga un paso por delante de las medidas oficiales. Entonces, ¿cómo se traduce este principio en las distintas fases?

Fase uno

Cuando el esfuerzo está puesto en la prevención, antes de que irrumpa la violencia o inmediatamente después, a menudo ocurre que la comunicación oficial entre ambas partes se quiebra. Un ejemplo de esfuerzo preventivo, en ausencia de acción gubernamental, es la resistencia de la sociedad civil a políticas segregativas, como ocurrió en Sudáfrica y en el sur de los Estados Unidos. En ambos ejemplos, el diálogo interétnico en sí mismo fue visto como un acto heroico y arriesgado. Las manifestaciones conjuntas y los llamados a la no violencia y a la no discriminación propiciaron un cambio en las políticas gubernamentales.

Inmediatamente después de la irrupción de la violencia, también es posible revitalizar negociaciones estancadas, como ha descrito el intelectual egipcio en When guns fall silent3. El desafío para las organizaciones de la sociedad civil es mostrar que hay alguien con quien hablar, y que es mejor hacerlo antes que después. El efecto terapéutico del reconocimiento mutuo es importante para ambos lados, y particularmente para el que le ha sido negada su legitimidad. Cuando los gobiernos han sido reacios a negociar, “personas influyentes” —diferenciadas por su pertenencia nacional o étnica, pero capaces de inspirar una meta común— pueden iniciar un proceso de prenegociación, que potencialmente puede atravesar la barrera que impedía que las partes pudieran conformar una mesa. El reconocimiento mutuo entre partes en conflicto puede ser desencadenado por diálogo “Track Two”, como fue el caso entre palestinos e israelíes, cuando se reunieron en secreto en Oslo por cerca de un año. Estas negociaciones alternativas ayudaron a hacer avanzar el proceso oficial orientado a las causas profundas del conflicto, en vez de continuar respondiendo solamente a su forma. Luego de la Guerra Cenepa en 1995 entre Ecuador y Perú, la negociación oficial comenzó solo luego de que ciudadanos destacados de ambos lados se juntaran en la Universidad de Maryland, y luego fueron reconocidos como un grupo para la construcción de la paz (Ver capítulo 21.5).

Con frecuencia, las asimetrías de poder entre partes enfrentadas llevan a que uno llame a la negociación directa, mientras que el otro boicotee cualquier contacto. Aunque resulta interesante que también el lado más poderoso podría solicitar la negociación si considera que está en una posición suficientemente favorecida como para conseguir su objetivo a través de la negociación, mientras que el lado más débil puede solicitarla si percibe que sus objetivos no serán alcanzados a través del combate u otra forma alternativa. Asimismo, la preferencia por la negociación puede desplazarse dependiendo de la percepción sobre su utilidad, o por cambios ideológicos. Por ejemplo, desde su independencia en 1948, Israel se ha interesado en negociar, a pesar de la negativa del mundo árabe de siquiera reconocer esta entidad sionista. La negociación fue una política oficial declarada por Israel, desde su independencia hasta las negociaciones para la paz con Egipto en 1978. Cuando los palestinos se volvieron más receptivos al diálogo, la política de Israel se había desplazado hacia una negativa a conversar con “organizaciones terroristas”. Ante el estancamiento de las negociaciones oficiales o durante períodos de violencia, el diálogo promovido por organizaciones no gubernamentales ha sido decisivo para romper el hielo y demostrar la disposición de la otra parte a negociar.

Un ejemplo es la Iniciativa de Ginebra de 2003 impulsada por el Ministro de Justicia israelí Yossi Beilin y el exministro de Justicia palestino, Yasser Abed Rabo. Esta iniciativa estuvo entre los desencadenantes para que el gobierno de Sharon tomara la iniciativa de retirarse de Gaza, primero como un acto unilateral, pero luego como parte de un proceso de negociación.

Fase dos

Una vez que la negociación oficial ha comenzado, si los impulsores de la paz quieren mantenerse un paso por delante, deben ser capaces de ingeniar soluciones creativas. En esta etapa, hablar entre sí ya no es suficiente, y la necesidad de implementar enfoques de resolución de conflictos requiere que ambas partes emprendan procesos de negociación más complejos. En el caso de Perú y Ecuador, los bloqueos identificados en “Track One”, fueron abordados por participantes “Track Two” que propusieron ideas como un Parque Ecológico Transnacional en una frontera en disputa. Se realizaron muchas reuniones entre ONG y académicos palestinos e israelíes para abordar temas que habían sido pospuestos para etapas finales de la negociación, tales como las fronteras, refugiados palestinos, conciliación israelí, y Jerusalén. Con algunos asuntos, como la distribución de aguas subterráneas, sus recomendaciones fueron determinantes en la conformación de acuerdos oficiales.

El diálogo de la sociedad civil sostenido ayuda a demostrar que la ruptura de la comunicación oficial no implica la interrupción del avance hacia la paz, y que a veces, como en Irlanda del Norte, puede contribuir al acuerdo mutuo como resultado. Cuando la negociación eventualmente lleva al acuerdo oficial, y a la generación de un documento de acuerdo, como el “Good Friday Agreement”, la campaña exitosa de constructores de paz católicos y protestantes fue crucial para asegurar el apoyo de la sociedad civil al acuerdo a través de un plebiscito.

Fase tres

La etapa de posnegociación comienza cuando se ha alcanzado formalmente un acuerdo de paz, pero igualmente deja algunos temas abiertos. Algunos de estos temas expresan intereses insatisfechos, aunque la mayoría son necesidades intangibles. Los acuerdos formales domésticos o internacionales pocas veces se cumplen de manera total o parcial, durante los años siguientes a su instauración. Cuando las expectativas no se cumplen en el tiempo determinado, pueden reactivarse los ciclos de violencia. Los logros concretos insuficientes, junto con realidades difíciles, pueden producir retrocesos y revocaciones. Por tanto, las transiciones hacia la paz o la democracia se deben consolidar.

Para lograr hacer la transición del manejo del conflicto hacia una transformación real, es necesario no solo abordar los síntomas, sino también las causas profundas. Un proceso que apoye el crecimiento personal, un cambio actitudinal hacia el “otro” y el desarrollo de lazos fuertes, puede favorecer la sostenibilidad del acuerdo4.

Durante el período posconflicto, uno de los desafíos principales es echar a andar un proceso de reconciliación. La reconciliación incluye numerosos aspectos, desde la compensación material hasta la reducción de la impunidad judicial. Entre las necesidades intangibles, se encuentra la necesidad de sanar las heridas producidas por la violencia a través del reconocimiento, la disculpa y el perdón. De hecho, un buen proceso de reconciliación debería comenzar con la planificación de sus etapas durante el período de negociación, y luego desarrollar su implementación después de alcanzado el acuerdo. Más adelante en este libro, Hiskias Assefa explora con mayor profundidad la naturaleza de los procesos de reconciliación (Ver capítulo 23).

Podemos identificar una amplia variedad de herramientas, algunas relacionadas con aspectos técnicos, y otras al significado más profundo de la exploración mutua. En términos de complejidad, el diálogo puede ser a la vez tan desestructurado como “un paseo por el bosque”, y tan sistemático como un taller de resolución de conflictos.

Difundir el diálogo conlleva el riesgo de que los constructores de la paz entren en una comunicación unilateral, que podría convertirse en un simple monólogo. Aun así, la perseverancia en algunos casos ha logrado que las autoridades se abran a considerar estas nuevas ideas. Por ejemplo, el Oxford Research Group (Grupo de Investigación de Oxford) inició un proceso de envío de cartas a distintas autoridades que comenzó con un grupo de científicos preocupados por el tema y luego se extendió a la ciudadanía en general, con una petición compartida para el desarmamiento nuclear (ver capítulo 19.3).

El diálogo también se ha desarrollado a través de técnicas no tradicionales, asistidas por nuevas tecnologías, como chats en Internet o la generación de comunidades virtuales de académicos e intelectuales en regiones en conflicto. El uso de la videoconferencia también puede ayudar a que constructores de paz separados físicamente por políticas confrontacionales de sus respectivos gobiernos puedan reunirse cara a cara a través de la pantalla.

Efectivamente, la tecnología brinda nuevas vías para la comunicación. Sin embargo, esta conectividad también depende de la habilidad para entregar un mensaje efectivo. Para esto, los involucrados en el diálogo deben desarrollar habilidades para la comunicación efectiva de sus puntos de vista, como también para escuchar de forma que se maximice el entendimiento mutuo. Es necesario cuidar que el mensaje no se distorsione por obstáculos interculturales, o incluso por el estatus de las partes en conflicto (como es el caso de las diferencias de género en sociedades tradicionales o la desigualdad de clases en sociedades modernas). Es importante entrenarse para expresar mejor nuestros pensamientos, eligiendo frases y palabras que no solo representen nuestros pensamientos y sentimientos, sino que también maximicen su receptividad, y al mismo tiempo, aseguren que nuestro lenguaje y tono de voz no sean amenazantes para quien recibe el mensaje. Por el otro lado, también deberíamos entrenarnos para la escucha activa, habilidad que nos ayuda a ponernos en los zapatos del “otro”. Asimismo, la escucha activa también facilita la introspección del interlocutor y le permite abrirse a la expresión de sus necesidades más allá de las posturas que ha expresado hasta el momento.

También sabemos que el diálogo sostenido en el tiempo produce mejores resultados que encuentros aislados. No hay evidencia que demuestre el supuesto de que los encuentros aislados (como visitas al colegio o eventos sociales en conjunto) ayuden a reducir estereotipos por el solo hecho de ser “mejores que nada”. De hecho, estos encuentros pueden generar expectativas de continuidad, y su incumplimiento podría generar frustración y un rechazo a aceptar futuras invitaciones.

Aunque es cierto que la transformación personal y la construcción de relaciones intra e intergrupales entre y dentro de las partes es un objetivo significativo en sí mismo, deberíamos aspirar a maximizar la inversión. El diálogo es un paso en la dirección correcta, pero a través de los años hemos aprendido a avanzar desde un rol basado solo en presidir y moderar reuniones a procesos facilitados que unan a los adversarios en busca de un terreno común. En línea con los planteamientos de Herbert Kelman (2003) y Edward Azar (2003), nuevos enfoques señalan que la efectividad depende de cuatro fases progresivas, autónomas pero sincronizadas: una fase inicial que se centra en generar confianza entre los participantes, el facilitador y el método; una segunda fase de desarrollo de habilidades individuales y grupales relevantes para la resolución del conflicto; una tercera fase de construcción de consenso respecto a temáticas de la agenda; y una fase final que aborda las dificultades de la reincorporación, en la que los participantes regresan con este nuevo compromiso para trabajar hacia la implementación de sus acuerdos logrados5. Esta forma innovadora de diplomacia ciudadana también requiere tomar en cuenta las tradiciones espirituales de ambas culturas, religiones y civilizaciones, e incluir estas dimensiones en la dinámica del proceso.

Al identificar los potenciales participantes del proceso de diálogo, resulta útil dibujar un mapa de las distintas relaciones que existirían entre la sociedad civil y las partes en conflicto. Si nos imaginamos este mapa, se ubicaría la sociedad civil de cada lado en el centro, como los iniciadores del diálogo, y dibujaríamos vectores desde estos centros hacia afuera indicando las interacciones que entran en juego: Primero, dibujamos vectores horizontales entre ambas sociedades civiles, indicando esta brecha que parece requerir el mayor número de interacciones con el “otro”. Luego, dentro de cada sociedad civil, dibujamos vectores hacia arriba para indicar a los poderes ejecutivo y legislativo y hacia abajo para indicar al público general de la sociedad6. Nuestra experiencia indica que la mayor parte del diálogo ocurre entre representantes de cada sociedad civil. Los participantes invierten en este esfuerzo conjunto, con la esperanza de lograr el empoderamiento mutuo e influencia como agentes del cambio en sus respectivos procesos políticos y sociales.

Las cinco historias en el capítulo a continuación nos revelan interesantes ejemplos de duplas de diálogo. Un equipo inglés de investigadores dedicado al desarme nuclear puso en marcha el Oxford Research Group. El grupo entrenó y movilizó a alrededor de setenta equipos para que escribieran cartas elaboradas a las personas responsables de la toma de decisiones en el Reino Unido y China. Luego, ampliaron la iniciativa para incorporar a ciudadanos interesados de otros países. Esto es un ejemplo de una forma de diálogo unilateral, en el que los escritores hacían contacto con receptores pasivos. Eventualmente, estas ideas se incorporarían en la mente de estos responsables, permitiendo que la acción unilateral evolucionara hacia un intercambio real.

Otro ejemplo de un diálogo interestatal poderoso es la transición en Georgia desde un régimen autoritario a un estado democrático. Los organizadores de estas manifestaciones de amplia convocatoria, no sólo fueron capaces de controlar la violencia, sino que también fueron capaces de demostrar a las agresivas fuerzas policiales sus intenciones pacíficas, a través de gestos no verbales, ofreciendo mil rosas a los policías (ver capítulo 19.4)7. Estos gestos son más importantes que las palabras, y juntos pueden tener un gran efecto en la reconciliación (Mitchell, 2000).

La campaña conjunta israelí y palestina “Hola Shalom, Hola Salaam” ha posibilitado cerca de medio millón de conversaciones telefónicas a nivel mundial entre israelíes y palestinos. Organizada por una destacada ONG, la campaña conecta a la población de ambos lados, muchas veces fortaleciendo la dedicación de aquellos que ya se han comprometido al diálogo, pero también generando curiosidad entre los que se acercan por primera vez a escuchar y reconocer la humanidad del “otro” (ver capítulo 19.2)

Siguiendo el planteamiento de Jay Rothman (1997), existen cuatro tipos de diálogo, categorizados según la naturaleza de sus participantes y sus objetivos.

  • El diálogo de posición, de naturaleza adversarial, se centra en la articulación de ambas posiciones, muchas veces en presencia de una audiencia externa o local, que cumple la función de asignar puntajes. Los participantes enfatizan sus diferencias en vez de sus puntos comunes, y se vuelve un diálogo de sordos: dejamos de escuchar una vez que el adversario está en la mitad de su argumento, para comenzar a preparar la réplica. Aun así, el ejercicio puede tener resultados positivos cuando los participantes hacen actividades de “juego de roles” de la posición de la contraparte, o llegan a la conclusión de que el diálogo sirve como el primer paso inevitable para hablar sus verdades (o medias verdades) antes de buscar el terreno común.
  • El diálogo de relaciones humanas, cuando las diferencias de opinión en temas fundamentales pasan a un segundo plano, busca lograr un mejor entendimiento del “otro”. Los métodos de escucha activa aportan en el camino a lograr este objetivo e incluso promueven la introspección. Este tipo de diálogo puede llevar a las partes a compartir sus necesidades, temores y motivos que no habían sido articulados previamente, paradójicamente, gracias a la empatía de su antiguo interlocutor adversario.
  • El diálogo activista ocurre cuando las “partes en conflicto” han identificado terreno común y planean implementar una acción conjunta. Ser un activista no es una condición previa para participar, porque la inclinación hacia la acción puede comenzar a desarrollarse en los participantes a través de la dinámica de este proceso. El proceso de diálogo puede llevar a las personas del conocimiento a la acción.
  • El enfoque de resolución de conflictos, la modalidad más ambiciosa de todas, maximiza e integra los aspectos positivos de los otros tipos de diálogo y pone un énfasis particular en cómo implementar el resultado del diálogo cuando los participantes regresen a sus respectivas comunidades, que aún se mantienen en la desconfianza y hostilidad hacia el “otro”.

Mezclar estos modelos puede crear más desafíos de los que se puedan manejar. A veces, podemos acompañar a participantes de un tipo de diálogo hacia otro, y así sucesivamente. Para que una transformación pueda ocurrir, la sociedad civil en diálogo debe tomar en cuenta que el conflicto no es sólo entre gobiernos, sino que también entre los electores que representan. Por tanto, la inclusión de una diversidad de posiciones en el proceso de diálogo es una prioridad para la mayoría de los tipos, evitando caer en la limitación de “predicar solo a los convencidos”. Los límites del diálogo residen en obstáculos ya identificados para el proceso. Sin embargo, cuando se trata de extremismo ideológico y militante, el desafío está en alejar a los participantes de ser parte del problema y convertirse en parte de la solución. Rara vez cabe esperar un diálogo constructivo entre posiciones extremas, como el fundamentalismo islámico de la Ribera Occidental palestina o los judíos militantes asentados en la tierra que llaman Judea y Samaria. Dado que sabemos distinguir los tipos de diálogo que se podrían aplicar, una aproximación gradual puede incluir un activista pacífico o un representante de la posición común por un lado y, por otro, un grupo extremista. Como explicó Mari Fitzduff (2004), “no habrá paz estable hasta que las organizaciones militares católicas y protestantes se integren al proceso de negociación”.

Las características específicas del contexto en el que se desarrolla el conflicto influyen en la forma y el potencial éxito de los esfuerzos de diálogo. Mientras que tendemos a priorizar el diálogo, y ciertamente en áreas de conflicto violento, también tenemos que recordar que la mayor parte del tiempo, la mayoría de los países y comunidades conviven pacíficamente. Durante estos momentos y en estos lugares, la ausencia de violencia no se debe a que no haya conflicto, sino a que las comunidades optan por lidiar con estos conflictos por medios no violentos, incluyendo el diálogo. Como se describe a continuación, el contexto puede determinar las variadas funciones del diálogo.

El diálogo resulta especialmente necesario en conflictos comunitarios prolongados. En el contexto de publicación, la forma de confrontación violenta predominante ocurre dentro de los Estados y no entre ellos, o cuando una parte es un actor no estatal. El reconocimiento de un interlocutor válido es esencial para comenzar el proceso de diálogo. Muchas veces resulta menos problemático para los actores no oficiales trabajar directamente con los actores no reconocidos por las autoridades formales. La ventaja relativa de la sociedad civil por sobre los actores estatales es evidente cuando las partes en conflicto incluyen a los responsables de la violencia contra civiles inocentes, actores considerados ilegítimos para actividades Track One, y cuando el gobierno se enfrenta al dilema de negociar con actores catalogados como terroristas, un mayor impedimento para Track One. Una vez más, los intercambios entre la sociedad civil tienen una relativa ventaja.

En el contexto de las democracias en transición, como ha sido el caso en Latinoamérica y Europa del Este, se presenta el dilema respecto al diálogo con regímenes que han sido responsables de graves violaciones a los derechos humanos. Tales regímenes autoritarios tienen un historial de fuerte represión contra la oposición democrática, incluido el asesinato de sus líderes. En algunos casos como Argentina, Chile y Uruguay, una mesa de diálogo (en el último caso, dentro del cuartel militar) con el régimen militar fue aceptable para algunas partes de la oposición, pero no para otras. En esos casos, las reglas de base sobre quién puede participar en el diálogo y para qué propósito son esenciales. Cuando los regímenes fueron excesivamente opresivos y ningún actor nacional pudo conducir el camino hacia el diálogo, se recurrió a la participación de una tercera parte, tanto regional como internacional, como ocurrió en los procesos de diálogo facilitado en El Salvador y Guatemala.

En muchos países en vías de desarrollo, los recursos compartidos —medioambiente, agua y otros— han generado conflictos domésticos y transfronterizos que no podrán ser resueltos sin la participación de todos los interesados. Mientras que las dimensiones técnicas y legales de disputas ambientales requieren un abordaje experto de la negociación, no se excluye un proceso participativo transparente en el que los grupos locales sean consultados desde etapas tempranas y jueguen un rol constructivo en la implementación de los acuerdos.

Por varias décadas, la mayoría de los países en Europa y en las Américas han sido considerados “zonas de paz” (Kacowicz, 1998), en ausencia de guerras interestatales. Por tanto, promover el diálogo sostenido como parte de una cultura política es una buena medida preventiva de conflictos internacionales, y además, una contribución hacia la disminución de conflictos internos y tensiones étnicas. La existencia de foros institucionalizados para el diálogo —desde sociedades de debate en las universidades de Oxford y Cambridge hasta la mediación de pares en colegios— brinda garantías de largo plazo para la consolidación de medios constructivos para la resolución de conflictos; estas prácticas formalizadas deberían expandirse. Además, aproximarse a las autoridades a través de la negociación constructiva es un complemento positivo a los movimientos populares caracterizados por su tradición de protesta. Aun así, la promoción de una cultura de diálogo no debería ser prerrogativa de una sola región del mundo. También es relevante en el contexto de conflictos prolongados entre mayorías y minorías. El diálogo interétnico, como el que se condujo en nueve centros del Nansen Dialogue Network (Red de diálogo Nansen) en los países del sector oeste de la península balcánica, estimula la construcción de relaciones renovadas en comunidades divididas y es un paso crucial hacia la reconciliación. Mientras que en algunos momentos el diálogo es un proceso de redescubrimiento de lazos positivos del pasado, de acuerdo a los organizadores de estos procesos, el diálogo está inventando una nueva alianza entre la cultura política del oeste y el norte de Europa. El diálogo redescubre relaciones positivas históricas y promueve la construcción de nuevas relaciones (ver capítulo 19.1).

Conclusiones

El diálogo es una herramienta para avanzar en los esfuerzos de resolución de conflictos, especialmente dentro de la sociedad civil y contactos no oficiales. Debemos enfatizar, sin embargo, que el diálogo en y por sí mismo no es una panacea universal, sino un medio para un fin. Mientras que comúnmente es el diálogo Track One entre líderes el que resulta en acuerdos vinculantes, las actividades de segunda vía refuerzan la viabilidad de su implementación, enriquecen su contenido y amplían el compromiso de la población. El perfeccionamiento de las habilidades de negociación de segunda vía puede transformar una debilidad inherente en una fortaleza. La diplomacia ciudadana da lugar a la flexibilidad, informalidad y creatividad que puede faltar en intercambios oficiales.

El análisis en profundidad de los casos presentados en los próximos capítulos ha mostrado que los promotores de la paz no han implementado suficientemente el acercamiento a los representantes y la incidencia sobre la opinión pública del “otro”. Casos excepcionales —como el del contacto del Oxford Research Group con autoridades chinas o el de académicos israelíes promoviendo la retroalimentación a ONG palestinas que trabajan para promover la paz— demuestran el potencial de estos intercambios. El diálogo con el “otro” en todos los niveles parece ser más propicio para encontrar soluciones que monólogos en los que cada lado tiende a “jugar ajedrez consigo mismo”. Sin embargo, tampoco deberíamos negar la necesidad de cerrar la brecha dentro de nuestro propio campo, mediante un proceso de construcción de consenso dentro de la propia sociedad que fortalezca la capacidad de dialogar dentro de y a través de brechas étnicas, religiosas, comunitarias o nacionales.

Todos deberíamos participar en el diálogo, aunque solo algunas personas serán negociadoras e influirán en los cambios en la política pública. El diálogo debería llevarnos un paso más cerca unos de otros.

1“En el campo del manejo de conflictos, el término diálogo se refiere al método de reunir a las personas involucradas en un conflicto emocional y arraigado alrededor de una mesa, con un facilitador para hablar y escuchar, con el objetivo de incrementar el entendimiento mutuo, y en algunos casos, llegar a soluciones conjuntas de problemas compartidos” (Burgess y Burgess 1997:78).

2En el conflicto israelo-palestino, los palestinos señalan muchas veces la desigualdad entre “invasor e invadido”, pidiendo solidaridad con el lado más débil. Sin embargo, algunos israelíes también destacan su posición de desventaja en el contexto de ser un país pequeño, rodeados de lo que perciben como vecinos hostiles y un fenómeno de antisemitismo en alza.

3El nombre de un libro pionero que llamaba al diálogo del mundo árabe con Israel (Siders, 2004).

4Para un análisis más detallado de las diferentes aproximaciones en este campo, ver Ropers (2004).

5Esta aproximación fue aplicada en el estudio de caso Track Two Perú/Ecuador, en el capítulo 21.5. Para mayor información, ver Kaufman (2003).

6Para obtener el uso concreto de esta propuesta, ver el capítulo “Lesson Learned and Best Practices” en Kaufman, Salem y Verhoeven (próximo).

7Desde la tradición política, la idea surgió de las palabras del primer presidente georgiano, Zviad K. Gamsakhurdia, “Lanzaremos rosas en vez de balas a nuestros enemigos”.

Referencia de la publicación original

Kaufman, Edward (Edy). “Dialogue-Based Processes: A Vehicle for Peacebuilding”. En Paul van Tongeren, Malin Brenk, Marte Hellema y Juliette Verhoeven (eds.), People Building Peace II: Successful Stories of Civil Society. Boulder y Londres: Lynne Rienner Publishers, 2005, pp. 473–487.

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