Cambiar la historia

Celebro mucho la apertura de este espacio del Instituto Americano del Diálogo. Creo que, en estos momentos, todos los que trabajamos por la paz y la justicia alrededor del mundo compartimos una gran angustia ante una renovada tendencia hacia la conflictividad, el autoritarismo y una geopolítica definida por la fuerza ciega y el nacionalismo egoísta. En este contexto, lanzar una iniciativa por el diálogo me parece un valioso y valiente acto de desafío y de rebeldía.

Y falta mucho más de esta rebeldía. No hablo tanto de la rebeldía física, de manifestaciones en las calles y la desobediencia civil, que también son muy importantes. Me refiero a la rebeldía de hablar, de escribir, de dialogar. Y hablar fuerte, no tímidamente, evitando que los que propagan el odio, la intolerancia y la polarización definan la historia. Digo historia tanto en el sentido de lo que sucede y va a suceder, como del relato sobre la manera cómo vemos e interpretamos esos sucesos.

He aprendido, en mi propia experiencia de trabajo con las Naciones Unidas en América Latina, la importancia de ese relato. Tratar de incidir de manera positiva en la percepción ciudadana y en las políticas públicas de los países tuvo un resultado quizás mayor que el financiamiento o el apoyo técnico. O sea, nuestra voz en favor de la resolución pacífica y dialogada de los conflictos, el respeto a los derechos humanos y la democracia logró igual o más impacto que nuestro papel como donantes o colaboradores técnicos. Con frecuencia, la palabra y el diálogo fueron determinantes para apoyar la movilización activa de las autoridades y la población, y las transformaciones más importantes y sostenibles.

Y muchas veces, nuestro relato se concentró en recordar la propia capacidad e historia del país para impulsar el bien común, es decir, hacer un llamado de que “ustedes sí pueden, y nosotros estaremos con ustedes trabajando de la mano hacia la meta compartida”. Significaba, por ejemplo, recordarles al gobierno y a la sociedad de México los ideales de la Revolución y los logros en torno a su realización, o subrayar en Costa Rica el legado único e invaluable de su histórico compromiso con la paz y la democracia, en una región por varios años azotada por las guerras civiles y las dictaduras.

Al mismo tiempo, era importante señalar las brechas, llamando a un mayor esfuerzo para cumplir con los ideales y metas que los mismos países se habían planteado. En las palabras de Christovam Buarque, exgobernador del Distrito Federal de Brasilia y exministro de Educación de Brasil, “terminar de construir la república”.

Pero, al señalar las brechas, era decisivo evitar el pesimismo y la percepción de impotencia. El recordatorio de la capacidad del país para lograr resultados positivos era muy importante porque la gente solía enfocarse en lo negativo, hasta incluso creerse hechos que no eran ciertos. Era común, por ejemplo, que los periodistas me preguntaran qué pensaba del aumento de la pobreza en el país, cuando más bien sucedía lo opuesto. Esto se debía en gran medida a los medios de comunicación y a las percepciones de la gente: como en todas partes del mundo, los medios resaltaban las noticias negativas y la gente sentía en ellos eco de su frustración por problemas reales en sus propias vidas que nunca se resolvían o se superaban muy lentamente.

Por eso, era importante recordarles a los países no solo las brechas que había que superar, sino reafirmar que era posible hacerlo y que el país ya había logrado importantes resultados. Como dijo una vez otro exministro de Educación, en este caso de Costa Rica, Leonardo Garnier, era una manera de construir un “optimismo razonado”.

Conocer la realidad

Desde luego, no era suficiente solo pronunciar el discurso. Era necesario demostrar con evidencia la validez de este mensaje. Más aún porque la mayoría de las personas no conocían los datos básicos sobre sus propios países. Y esto es normal, no solo en América Latina sino en todos los países. Por ejemplo, el periodista que me preguntaba sobre la pobreza supuestamente creciente no sabía cuál era la tasa de pobreza actual.

Veamos la región de América Latina y el Caribe. Creo que poca gente sabe que la tasa de pobreza —definida como un ingreso por debajo de $8,30 al día (paridad de poder de compra de 2021)— cayó del 53% en el año 2000 al 26% en 2024. Es decir, se redujo a la mitad. México y Brasil siguen trayectos parecidos. Argentina traza un camino bastante más accidentado, pero la tendencia de largo plazo es a la reducción. A pesar de estos avances, todos los países enfrentan brechas importantes que deben superar, si es que aspiran a ser sociedades verdaderamente democráticas y justas que “no dejan a nadie atrás”, de acuerdo con el lema de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Se ve la misma tendencia a la mejora con la mortalidad de niños y niñas menores de cinco años, tanto a nivel regional como en los países, y con menos altibajos que el nivel de pobreza. La región en su conjunto redujo la mortalidad a la mitad entre el año 2000 y 2023. Algunos países tienen trayectos más agudos y otros, como Argentina, más planos porque comienzan con un nivel más bajo, pero igual la vienen reduciendo de manera consistente, y desde hace muchos años. En Argentina, de cada mil niños nacidos vivos, 70 morían en 1970, y ahora esa cifra se ha reducido a 10, casi alcanzando el nivel de Estados Unidos (7) y acercándose a la Unión Europea (4).

Estas mismas tendencias también se ven en el mundo en su conjunto. A nivel global, redujimos la pobreza del 71% en el año 2000 al 46% en 2024, menos que en América Latina, pero un avance importante. La mortalidad de niños y niñas cayó en el mismo período a menos de la mitad, del 77 al 37 por mil nacidos vivos. Hasta Afganistán, a lo largo de su historia trágica de conflictos armados y carencias extremas, redujo la mortalidad de menores de cinco años en más de la mitad —de 132 a 56—. Es inevitable preguntar: ¿cuánto más habría avanzado sin guerra?

¿Y cómo afectará las vidas de los niños y niñas la nueva guerra que ahora se desata en esa región?

El propósito de contarles todo esto es mostrar que avanzar juntos hacia el bien común es posible. Ver que hemos podido como mundo, como países, como sociedades —como humanidad— reducir la pobreza y la muerte de niños y niñas nos recuerda que somos capaces de solidaridad, apoyando a que los que viven sin poder satisfacer sus necesidades más básicas superen esa carencia, y protegiendo a los más vulnerables de nuestras sociedades. Es un llamado a que elijamos el camino de trabajar juntos para construir, en lugar del camino hacia la división y la destrucción.

Exigirnos más

Hans Rosling, el gran experto sueco en el uso de los datos, siempre señalaba que la mayoría de las personas no conocía los datos más básicos sobre el mundo. Él reunía diferentes grupos en distintos países para hacerles preguntas como: “¿Qué porcentaje de personas en el mundo vive en pobreza?” o “¿Cuántas niñas en el mundo no van a la escuela?”. Él les ofrecía tres cifras posibles para elegir e, inevitablemente, la mayoría elegía la equivocada, y usualmente la peor. Esto pasaba inclusive con audiencias supuestamente más conocedoras de temas de desarrollo humano.

Con estos experimentos, Rosling les revelaba el nivel de ignorancia de la humanidad sobre su propia realidad y, por otro lado, el sesgo negativo que predominaba en nuestra visión del mundo.

Rosling también advertía a la gente que no se dejara llevar solo por el “snapshot”, o sea, el dato del momento actual. Señalaba la importancia de ver las tendencias de largo plazo y el hecho de que, “a largo plazo, la mayoría de las cosas se han venido mejorando”, como vemos en el caso de la pobreza y la mortalidad infantil. Volviendo al tema de las niñas fuera de la escuela, también se ve una tendencia importante a la baja. Mientras que en el año 2000, 203,24 millones de niñas no asistían a la escuela, esa cifra se redujo a 127,72 millones en 2019. Y la UNESCO reportó en 2023 que 50 millones más de niñas estaban matriculadas que en 2015.

Esto no es para que caigamos en la autocomplacencia, sino para que reconozcamos que tenemos la capacidad de trabajar juntos para el bien común y exigirnos en la tarea de avanzar más decididamente y más rápido en esa dirección. El que la cuarta parte de la población de América Latina, y casi la mitad de la población mundial, viva en la pobreza debe escandalizarnos e impulsarnos a actuar. Más aún cuando sabemos que el 10% más rico del mundo acapara el 76% de su riqueza.

Esto es un llamado a la racionalidad y también al rigor en nuestro conocimiento y análisis de nuestra propia realidad. También es un llamado a que un conocimiento y un entendimiento común de la realidad, basado en evidencia y en datos, sirvan como base para un trabajo colectivo que trascienda las diferencias que ahora nos separan con tanta violencia y polarización.

Claro que seguir ese camino es una elección, y no se puede forzar a la gente a que lo haga. Pero me parece que los que creemos en él podemos y debemos hacer mucho más para articular y propagar este mensaje. En los espacios virtuales de comunicación, que ahora es donde se centran la discusión y el debate públicos, tienden a predominar las palabras e imágenes que escandalizan y dividen, impulsadas por el repentismo emocional y los famosos algoritmos. Por eso mismo, tenemos que trabajar mucho más y más estratégicamente para que nos escuchen por encima de los gritos de ira y de odio. Tenemos que hablar más fuerte, pero también de manera más inteligente, más interesante, más elocuente. Una de las maneras es visibilizar los datos que mucha gente no ha tenido oportunidad de conocer.

Es una lucha difícil y de largo plazo que requiere mucha perseverancia. Pienso en las palabras de Martin Luther King: “El arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia”. Trabajemos juntos para que esa curva sea más aguda.

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