#conversardesdeelcuidado
En el campo de la mediación solemos hablar de técnicas, modelos y herramientas. Discutimos sobre etapas del proceso, sobre escucha activa, reformulación o generación de opciones. Sin embargo, rara vez nos detenemos a revisar el suelo epistemológico desde el cual intervenimos. ¿Qué conversación sostenemos cuando mediamos? ¿Qué comprensión del conflicto guía nuestras decisiones? ¿Desde qué concepción de la convivencia operamos?
La biología cultural, desarrollada por Humberto Maturana y ampliada junto a Ximena Dávila, ofrece un marco que desestabiliza algunas certezas habituales del campo. Nos invita a abandonar la ilusión de la objetividad neutral, a reconocer que toda observación es realizada por un observador y que no existen interacciones instructivas capaces de “corregir” al otro desde afuera. Nos recuerda que vivimos en redes de conversaciones y que las emociones no son interferencias del proceso racional, sino el escenario mismo donde este ocurre.
Si tomamos en serio estos aportes, la mediación deja de ser un procedimiento técnico destinado a administrar disputas y se convierte en una práctica ética con consecuencias culturales. Cada intervención no solo ordena un desacuerdo puntual: contribuye a sostener o transformar la red conversacional que constituye la cultura en la que vivimos.
Entonces, mediar va más allá de gestionar el conflicto y evitar su escalada. Es asumir responsabilidad por el mundo relacional que ayudamos a configurar. Es revisar críticamente la noción de neutralidad, discernir frente a las asimetrías de poder y preguntarnos por el impacto de nuestras intervenciones. Es comprender que la transformación no ocurre por imposición, sino en la co-construcción del espacio relacional.
Los apuntes que siguen no pretenden ofrecer un nuevo método, sino una invitación a pensar la mediación desde sus fundamentos más profundos: como práctica ética y biológico-cultural orientada al cuidado y a la acción sin daño.
La cultura no es un paisaje, es una red
Humberto Maturana planteó que los seres humanos no vivimos simplemente “en sociedad”: vivimos en el conversar. La cultura no es un conjunto de costumbres externas; es una red cerrada de conversaciones que se conserva generación tras generación. Cambia cuando cambian las conversaciones que la sostienen.
Si aceptamos esto, la mediación deja de ser un dispositivo técnico para resolver disputas puntuales y se convierte en una práctica cultural. Cada intervención participa en la configuración de esa red.
La pregunta deja de ser solamente “¿cómo resolvemos este conflicto?” y pasa a ser “¿qué tipo de convivencia estamos produciendo con esta conversación?”.
No hay observadores neutros
Uno de los pilares de los aportes de la biología cultural es asumir que no existe una mirada objetiva, exterior y pura desde la cual juzgar el conflicto. “Todo lo dicho es dicho por un observador”, sostiene Maturana. No hay relato sin punto de vista.
Esto no significa que “todo vale”. Significa que la imposición pierde su fundamento epistemológico. Si no poseemos una verdad absoluta independiente del observador, entonces no podemos legitimar la violencia —ni siquiera la simbólica— en nombre de “la realidad”, ni tampoco poner una escala de valor al dolor, sufrimiento o desinterés ajeno.
En mediación esto tiene consecuencias concretas. La neutralidad no puede ser indiferencia. Tampoco puede ser ingenuidad frente a las asimetrías de poder. La neutralidad es conciencia de la propia posición y responsabilidad sobre el mundo que se está ayudando a construir.
Cuando una persona mediadora nombra una situación como “malentendido” o como “agresión”, cuando legitima un relato o lo minimiza, cuando no permite que las partes se expresen, está configurando realidad. No es espectadora: es participante.
La emoción no es un obstáculo, es el escenario
Otra idea potente es que no hay conversación sin emoción. Las emociones no son un agregado secundario al argumento racional; definen el dominio de acción en el que nos movemos.
No se conversa igual desde el miedo que desde la confianza. No se negocia igual desde la humillación que desde la legitimación.
En la formación en mediación, el conflicto suele abordarse como si fuera exclusivamente un problema técnico: “fallas de comunicación”, “intereses divergentes”, “diferencias de criterio”.
Pero si la emoción que estructura la red conversacional es la desconfianza crónica o el temor a la sanción, ningún procedimiento formal alcanzará para producir transformación.
Mediar, en este sentido, es intervenir en el clima emocional que sostiene la conversación.
No toda conversación es justa
Aquí aparece una tensión que no podemos eludir. En mediación solemos valorar el diálogo como vía privilegiada de resolución. Pero no toda conversación es justa por el solo hecho de ser diálogo.
En contextos de violencia de género, por ejemplo, se ha demostrado que aplicar dispositivos participativos sin evaluar vulnerabilidades puede profundizar la asimetría. En relaciones complementarias rígidas —lo que la literatura ha denominado “violencia castigo”— la persona que ocupa la posición baja no negocia en igualdad de condiciones.
Aquí mediar implica discernimiento. Implica preguntarse si el dispositivo protege o expone. Si genera condiciones mínimas de simetría o si legitima una desigualdad previa.
La mediación así no es neutralidad ciega. Es responsabilidad.
Un cambio de categoría: del individuo al ser relacional
La biología cultural también cuestiona una ficción cultural poderosa: la del individuo autosuficiente. Si somos sistemas determinados estructuralmente y nos transformamos en el acoplamiento relacional, entonces nadie cambia en soledad.
La transformación no ocurre por instrucción ni por imposición. Ocurre en la co-construcción del espacio relacional.
Esto tiene implicancias concretas en las intervenciones que realizan los mediadores, ya sea entre partes como en instituciones educativas, organizaciones y comunidades. No alcanza con capacitar en técnicas de comunicación si no se revisa la actitud relacional básica que estructura la convivencia.
- ¿Se legitima la diferencia o se la tolera con incomodidad?
- ¿Se escucha para responder o para comprender?
- ¿Se conversa para ganar o para convivir?
Acción sin daño: un criterio para la práctica
Este principio, que rige a toda persona mediadora y que no nace en las propuestas de Maturana y Dávila, es la guía para orientar nuestras intervenciones: antes de facilitar un espacio, evaluar su impacto relacional.
- ¿Este procedimiento refuerza estigmas?
- ¿Invisibiliza vulnerabilidades?
- ¿Naturaliza jerarquías?
- ¿Genera condiciones reales de escucha?
La acción sin daño no significa pasividad. Significa intervenir con conciencia de que toda intervención modifica la red.
Una pregunta abierta
Quizá el desafío más profundo que plantea este enfoque es que no se trata solamente de mejorar habilidades de mediación. Se trata de revisar desde qué emoción intervenimos, qué comprensión del otro sostenemos, qué mundo estamos ayudando a construir.
Y la pregunta queda abierta, no como consigna, sino como responsabilidad:
¿Desde qué emoción y desde qué comprensión del otro queremos seguir conversando?
Referencias
- Brandoni, F. (1997). Apuntes sobre la neutralidad. Fundación Libra.
- Nato, A. y Carabajal, L. (2023). Conflictos en la ciudad y en el territorio. Editorial EUDEBA.
- Curi, S. G. (s. f.). Violencia en la pareja. La mediación, garantía de acceso a justicia o vulneración de derechos.
- Dávila, X. y Maturana, H. (s. f.). Marco Operacional Sistémico: Facilitar desde el entendimiento biológico-cultural. Instituto Matríztico.
- Delors, J. (1996). La educación encierra un tesoro: Informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI. UNESCO.
- Maturana, H. R. (1982). Aprendizaje o deriva ontogénica. Archivos de Biología y Medicina Experimental, 15, 261–271.
- Maturana, H. R. (1983). ¿Qué es ver? Archivos de Biología y Medicina Experimental, 16, 255–269.
- Maturana, H. R. (1990). Conversaciones matrízticas y patriarcales. En H. Maturana, Amor y juego. Instituto Matríztico.
- Maturana, H. R. y Dávila Yáñez, X. (2004). Leyes sistémicas y metasistémicas. Instituto Matríztico.
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